Un episodio en la vida del pintor viajero de César Aira

Un viaje hacia la conciencia creadora

 

Por Marco Herrera

Un episodio en la vida del pintor viajero, César Aira. LOM, Santiago, 2002, 91 págs.

Cesar_Aira_Wikipedia
César Aira.

Dentro de la literatura argentina contemporánea, el escritor César Aira (1949) sobresale por una vasta producción de novelas y ensayos literarios donde la principal preocupación es el proceso de la escritura y los difusos límites que existen entre la realidad y la ficción. En muchos de sus libros ha esbozado su particular visión de lo que debe ser el arte, por ejemplo, en La nueva escritura plantea que la literatura debe “apoderarse del olvido y despreciar la memoria como instrumento privilegiado del escritor” y agrega que “los grandes artistas del siglo veinte no son los que hicieron obra, sino los que inventaron procedimientos para que las obras se hicieran solas, o no se hicieran”.

César Aira comparte además con otros escritores de su generación, como Juan José Saer y Ricardo Piglia, el interés por la historia de su país y la difícil relación que se da entre la veridicción y la verosimilitud. Él mismo plantea que la verosimilitud es el centro de sus preocupaciones literarias: “Buscarlo, lograr un verosímil que sirva para lo que estoy haciendo. Eso viene con mi método de escritura: escribo mis novelas casi como diarios íntimos. Empiezo a partir de una historia, de algo que surge y me parece atractivo, sugerente, o por lo menos potable, y arranco a ciegas, no sé muy bien hacia dónde va a ir el texto, porque las ideas son siempre de una escena de comienzo, apenas de una posibilidad”.

VIAJE AL INTERIOR

Ese es el caso de su obra Un episodio en la vida del pintor viajero, en la cual César Aira narra supuestamente un hecho verídico que le ocurrió al pintor alemán Johan Moritz Rugendas durante su estadía en Argentina en 1849, y cuyo relato hace el propio artista aventurero a su hermana en una serie de cartas enviadas desde el continente. Rugendas viaja a América en una misión científica para documentar gráficamente los paisajes del territorio desde México hasta el Cabo de Hornos, en una travesía que le demandará veinte años.

El pintor pasa dos veces por territorio argentino: en 1837 y 1847. En el primer viaje, sufre un accidente en la ruta transpampeana que va desde Mendoza a Buenos Aires. Un rayo le desfigura el rostro y con ello su forma de ver la naturaleza. Hasta aquí todo parece verídico, pues como testimonio está la obra epistolar del maestro que da cuenta de ese infortunado hecho, pero que en la novela se transformará en un viaje hacia la conciencia creadora del artista. De esta manera, el texto se abrirá a múltiples planos de significación.

Rugendas es un artista naturalista, que se supone ha dibujado lo que ha visto, para lo cual existe una especie de garantía científica que le ha otorgado el procedimiento de la “fisionómica de la naturaleza”. En este viaje su deseo mayor es poder ver el gran fetiche nacional argentino que es el malón. Una fiesta de los indígenas de la Pampa que consiste en un rito iniciático. Sin embargo, el rayo que desfiguró su rostro, no sólo cambiará su aspecto físico, sino que también su percepción de la realidad. El encuentro con el malón dará cuenta de ese proceso.

MIRADA EXÓTICA

A partir del accidente que sufre el pintor, la veridicción del relato entrará en conflicto con la verosimilitud. Por un lado, los agudos dolores que sufre el pintor producto del accidente con el rayo deberán ser amortiguados con morfina, lo cual le produce alucinaciones inducidas por la droga. Además deberá usar una mantilla para cubrir su rostro y evitar el daño que le provoca a su vista la luz del sol.

Debido a su estado, Rugendas deberá confirmar con su amigo de viaje y discípulo Robert Krause si cada suceso que le acontece es un hecho objetivo y no un producto de su conciencia alterada. Así, el relato que nos ofrece el pintor alemán de la naturaleza argentina será una continua modificación de su percepción de la realidad. El momento clave será el encuentro con el malón, donde el lector es introducido en un mundo fantástico y exótico.

A raíz del viaje y accidente de Rugendas, el libro se abre a una escritura autorreflexiva en torno al oficio del artista. El narrador juega con las posibilidades que les da la expresión de la interioridad de la conciencia alterada del pintor y la interpretación que ésta hace de la exterioridad. En las conversaciones que se van sucediendo entre el maestro y su discípulo se nos explica entrelíneas que la reescritura de los sucesos del pasado siempre será una construcción artificiosa, es decir, lo que leemos en los libros de historia y vemos en las pinacotecas nunca será un reflejo de lo real, sino más bien una alucinación discursiva.

Historia del arte

“Después de todo, el arte era su secreto. Él había conquistado el secreto, aunque a un precio exorbitante. En el pago se sumaba todo, ¿por qué no iban a sumarse el accidente, y la transformación consiguiente? En el juego de las repeticiones, en la combinatoria, hasta él podía disimularse, y funcionar oculto como un avatar más del artista. Las repeticiones: por otro nombre, la historia del arte… ¿Por qué esa ansiedad por ser el mejor? ¿Por qué la única legitimación que se le ocurría era la calidad? De hecho, no podía empezar siquiera a pensar en su trabajo si no era por la calidad. ¿No sería un error? ¿No sería una fantasía malsana? ¿Por qué no hacerlo como todo el mundo (como Krause, sin ir más lejos), es decir lo mejor posible, y poniendo el acento en otros elementos? Esa modestia podía tener efectos considerables, el primero de los cuales sería permitirle ser artista también de otras artes, si quería. De todas. Podía llegar a hacerlo un artista de la vida. La ambición absolutista provenía de Humboldt, que había ideado el procedimiento como una máquina general del saber. Desarmando ese autómata pedante, quedaba la multiplicidad de los estilos, y estos tomados de a uno eran acción”. (Págs. 46-47)

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