Café Urgente Para Platón

Leibniz, Multiculturalidad y tolerancia: Una lectura recomendada para Donald Trump

Por Felipe Venegas San Martín
Magister en Ciencias Sociales

Si bien Leibniz (1646-1716) no escribió nunca un tratado, ni libro sobre el tema de la tolerancia como sus contemporáneos, el tema ocupa un espacio importante en sus cartas, ensayos y reflexiones, y constituye una de las aproximaciones más lúcidas a la idea contemporánea de multiculturalidad.

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[Columna] Café Urgente para Platón

Michel Foucault: Los mecanismos disciplinarios de la sociedad de control

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Michel Foucault.

 

Por Felipe Venegas San Martín
Máster en Ciencias

La obra de Foucault se encarga de desentrañar los mecanismos de control y disciplina social que mantienen a los sujetos en una condición de dominación. Dos de las muchas obras del autor nos llaman la atención en este momento, Vigilar y Castigar y el curso El Poder Psiquiátrico, considerado la culminación de su obra Historia de la Locura.
El autor analiza desde los dispositivos visibles como el uso de la fuerza represiva como aquellos –y aquí lo más interesante- ocultos tras instituciones como la educación o la salud (mental) que también cumplen el rol de moldear a los individuos en los patrones de conductas requeridos por la sociedad.
En relación a la educación, la escuela contribuye al mantenimiento del orden social y económico (asegurando que unos se queden en el camino y que otros lleguen a su término), la disciplina, basta pensar en la clasificación, permanente examinación y vigilancia que recae sobre el alumnado. La escuela es un medio de adiestramiento físico, en el que se moldean las posturas, los gestos, el discurso, los modales.
El cuerpo es reglamentado, controlado y supervisado. De la misma manera que en la fábrica, en el sanatorio o la cárcel, los individuos son dispuestos uno al lado del otro, son distribuidos en el espacio, en hileras y rangos. Es un espacio de aislamiento en el cual cada clase queda separada de la otra y dentro de ella misma cada individuo en solitario. De la misma forma, el tiempo es perfectamente distribuido, secuencial: clases separadas de los momentos de dispersión por cierta cantidad de minutos. Se aplican sanciones sobre todo aquel que no haya obedecido, se realiza la documentación da cada alumno, se realizan exámenes y registros que los clasifican, los diferencian, los compara entre sí y evalúa permanentemente.
Condiciones todas estas necesarias para hacer lo más dócil posible al individuo y no desperdiciar minuto alguno para moldearlo, es decir, sacar el máximo provecho del cuerpo, vida y tiempo de cada estudiante. En síntesis, la institución escolar prepara los cuerpos para la producción al mismo tiempo que transfiere el saber más conveniente a la clase dominante para prevenir, si bien, no garantizar, la desviación.
Ahora bien ¿Qué sucede cuando el accionar de la escuela no basta para establecer la norma, el orden? ¿Qué sucede con quienes no son útiles al sistema burgués o con quienes atentan contra su funcionamiento? Para estos individuos la modernidad se ha encargado de crear instituciones como la prisión: Enmienda del recluso. Según Foucault, la prisión ha sido creada en el proceso general de disciplinarización de la sociedad hacia fines del siglo XVIII. Se trata de un momento en el cual se define el poder de castigar como un poder general de la sociedad que se ejerce sobre todos sus miembros, una justicia igual para todos y un aparato judicial autónomo . Foucault señala las dos funciones fundamentales de la prisión: La privación de la libertad y la transformación técnica de los individuos en tanto encierra con el fin de corregir, volver dócil al desviado, transformarlo técnicamente. El orden que reina en su interior debe contribuir a regenerar a los condenados. Para ello, las prisiones deben actuar sobre todos los aspectos del individuo: su aptitud para el trabajo, su actividad física, su actitud moral, etc. Si bien la escuela también recae sobre los mismos aspectos como anteriormente fue explicitado, la coerción en la cárcel no se interrumpe nunca, no se sale de ella cada día, es una disciplinarización incesante, es decir, es una educación total: regula el tiempo de vigilia y sueño, de la actividad y el reposo, la palabra, la alimentación, el trabajo y hasta el pensamiento. Es un poder que se extiende a lo largo de los días, de los meses, incluso de los años.
Ahora bien, ¿Cuáles son los principios de organización que permiten la puesta en marcha de esta educación total del individuo? Foucault señala tres: El aislamiento, el trabajo y la modulación de las penas. El aislamiento pretende separar al penado de todo aquello que haya sido motivo de su infracción, de las complicidades que hayan podido facilitarle el camino, es decir del exterior. Pero también se trata de un aislamiento al interior mismo de la prisión, del resto de los penados, para evitar como anteriormente se había mencionado, los fenómenos colectivos, dando lugar a una individualización coercitiva (función por excelencia de todo dispositivo disciplinario). La soledad del penado suscitará en él la reflexión y le provocará remordimiento y luego el arrepentimiento. En este punto, podríamos pensar en una transformación no sólo de carácter técnico del individuo sino, y en estrecha relación con la principal función del sanatorio, que será descrito más adelante, en una transformación moral. El trabajo se define como un agente de transformación en la medida en que retira al individuo del ocio produciendo efectos sobre la mecánica humana es decir, es un principio de orden y regularidad: somete los cuerpos a movimientos regulares, excluye la agitación y la distracción, impone una jerarquía y una vigilancia, mantiene al recluso ocupado, quita de él la pereza, deja, entonces, de ser violento, irreflexivo. Según Foucault, la utilidad del trabajo en la prisión se centra en “la constitución de una relación de poder, de una forma económica vacía, de un esquema de la sumisión individual y de su ajuste a un aparato de producción” , lo cual rectifica fehacientemente, la existencia de las prisiones en función del modelo económico. Y por último, la modulación de las penas se refiere a la duración de las mismas de acuerdo a la transformación útil del detenido. Es decir, cuando se produce la enmienda completa del recluso en tanto técnica y moral, la detención se habrá vuelto inútil: inhumana para el detenido y costosa para el Estado.
Otra institución la constituye el sanatorio: Ortopedia moral. En el sanatorio hay algo que es un peligro, una fuerza, un poder amenazante que es preciso dominar o vencer: el loco, puesto que la locura a comienzos del siglo XIX es considerada como la insurrección de una fuerza que trastorna por completo el comportamiento del individuo. La victoria contra dicha fuerza está a cargo del médico, los sirvientes o vigilantes. Para ello, se ejecuta una táctica de control, vigilancia, examen, etc. que pueden practicarlo tanto unos como otros, es decir, una disciplinarización que, como en todo dispositivo moderno, acciona a modo de red, con lugares intercambiables, segmentando el tiempo y las actividades de los que se encuentran en su interior.
La terapéutica de la locura en el asilo consiste en la domesticación del alienado poniéndolo bajo la estricta dependencia de un hombre, el médico, que por sus cualidades físicas y morales tenga la capacidad de ejercer sobre él un influjo al que no pueda resistirse, es decir, proveerle de una ortopedia moral, que hace posible su curación. Ahora bien, esa batalla que se establece entre fuerzas, una amoral y otra moralizante, termina por producir una batalla al interior del mismo enfermo pues, por medio de la amenaza y el temor al castigo, se generará un conflicto en el enfermo que lo llevará a destituir la idea fija que perturba su existencia y que lo ha alienado del mundo de la razón. En este tipo de relación de poder se trata, por lo tanto, de “lograr una síntesis moral, de asegurar una continuidad ética entre el mundo de la locura y el de la razón pero practicando una segregación social que garantice a la moral burguesa una universalidad de hecho y le permita imponerse como derecho sobre todas las formas de alienación” .
En definitiva, Foucault devela el propósito no declarado del funcionalismo social, el adoctrinamiento natural a través de la socialización y la escuela, hasta aquellos que reconducen al sujeto alienado por la propia sociedad para resituarlo en el orden requerido por la maquinaria burguesa, como suerte de restitución moral y productiva del individuo dominado.

 

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Marx y la condición del hombre

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Por Felipe Venegas San Martín
Máster en Ciencias

Pocas cosas resultan más apasionantes y a la vez complejas como aludir a la condición del hombre en sociedad. Diferentes aproximaciones se han planteado desde la teoría. Así encontramos tres que considero fundamentales y de las cuales se pueden desprender muchas otras: La perspectiva espiritualista, la biologista y la materialista. Me referiré a esta última a partir de una de las teorías más relevantes, que desde finales del siglo XIX y hasta la actualidad no pierde vigencia; felizmente para los teóricos, desgraciadamente para casi todo el resto de la humanidad, me refiero a la teoría de la alienación de Karl Marx.
Empleando la terminología hegeliana, puede decirse que la alienación es la acción y efecto de un alterarse por el cual un ser en sí se transforma en su ser en otro. Esta particular significación de la alteración indica ya que, aun concebida como transformación radical de un ser, el resultado de la alteración no anula jamás lo que había antes de alterarse. En otros términos, la alteración puede entenderse, como el devenir, en el sentido de un cambio en la realidad física y en el sentido de un cambio en la realidad psico-espiritual.
Marx plantea el concepto de alienación basándose en la concepción hegeliana pero llevando ésta al análisis de la economía política desde la matriz del materialismo histórico. Y lo hace magistralmente en uno de los textos menos leídos del autor y sin embargo más interesantes para comprender el sentido profundo del pensamiento marxiano: Los Manuscritos Económico – Filosóficos de 1884.
Los Manuscritos corresponden a una crítica a la economía política inglesa, en especial de Adam Smith y David Ricardo. La composición del texto habla de su propósito crítico, se divide en cuatro partes o cuatro conceptos básicos: Salario, Beneficio de Capital, Renta del Suelo, y un último, que indudablemente será el más polémico de todos, Trabajo Enajenado en el que Marx plantea la cuestión de la alienación del hombre.
Se trata de expresar la condición del hombre-trabajador en el contexto de las relaciones de producción de la sociedad capitalista. En ésta, todo el valor está puesto en el objeto del trabajo del individuo, es decir en el valor del producto, lo que provoca que el trabajador pase a segundo plano, se diluya en su objeto de trabajo.
Es decir que el producto del trabajo es la objetivación del trabajador mismo, que se ha vuelto extraño a él, y que lo domina. Entre más ponga de sí el trabajador en el producto de su trabajo menos tendrá de sí en éste. Por tanto el trabajo se vuelve ajeno al trabajador en una secuencia expresada con maestría en la película “Tiempos Modernos” de Charles Chaplin. Una secuencia de perfecto trabajo en cadena donde el obrero pierde sus condiciones intelectuales, creativas, emotivas, para perderse en el trabajo que le es ajeno y que lo domina 12 horas al día.
La sicología, sicología social, sociología han estudiado a este ser alienado y que es característico de la sociedad industrial capitalista y post capitalista. Los efectos de la alienación del trabajo en la relación social de los individuos, por cuanto al ser absorbidos por el producto de su trabajo se difumina la riquísima dimensión subjetiva del hombre: Su abstracción, su sentimentalidad, su creatividad, etc.
Lo anterior, más allá de generar los evidentes problemas conductuales-emocionales en las personas, han producido un tipo de sociedad: Apática, acrítica: La sociedad masa como principal efecto social de la alienación, desde la cual se puede analizar la apatía política, cultural, emocional, o sea, toda dimensión no relacionada con su trabajo y el producto de éste.
Una dominación absoluta porque la aceptamos como “lo natural”, como “lo correcto”, etc. La dominación absoluta y perfecta que – sin dejar de recomendar esta excelente obra para iniciar la lectura de Marx- Nos invita a reflexionar sobre nuestra condición dominada y los mecanismos para efectivizarla; para ello invitaremos a un café a Michel Foucault.

 

[Columna] Café Urgente Para Platón

Tomás Moro: La utopía negada

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Tomás Moro.

Por Felipe Venegas San Martín
Master en ciencias

Ferrater Mora en su Diccionario de Filosofía define utopía: “se llama utopía a un ideal que se supone a la vez deseable e irrealizable. Este ideal suele referirse a una sociedad humana que se coloca en un futuro indeterminado y a la cual se dota mentalmente de toda suerte de perfecciones. Como tal sociedad funciona, por así decirlo, en el vacío, esto es, carece de resistencias reales, todos los problemas quedan en ella solucionados automáticamente”.
utopiaPor cierto que U- Topos, es decir, estar fuera de la tierra, o sea, en ninguna parte resulta imposible, lo que no impide proyectar ese futuro indeterminado del cual nos habla Ferrater Mora como un proyecto, aunque sea en parte, realizable. Pero para ello es necesario partir conociendo nuestra realidad, analizándola y criticándola. Una obra fundamental por su análisis y agudeza es la Utopía de Tomás Moro, uno de los principales exponentes del Humanismo.
Las obras de los utópicos contienen –más o menos veladamente- una crítica de la sociedad presente. En la mente del lector se produce un necesario contraste entre las perfecciones de la república feliz que se describe y las deficiencias de las que se conoce por experiencia personal.
Aquí la crítica es directa. Moro desenmascara una organización falaz, cuya legalidad no es más que el fruto de las argucias de algunos para asegurar su preeminencia y privilegios sobre los otros.
Tanto los gobernantes como la nobleza –que en términos actuales podríamos considerar como alta burguesía- obran en beneficio de sus intereses privados o de clase, disfrazando su acción como tendiente al bien común, al bien público.
Respecto de los primeros Moro señala que el modelo social que implantan los gobernantes tiende a la persecución del bien personal, lo que provoca una escisión entre el hombre y el ciudadano, entre el logro del bien particular y el empeño que es conseguir aquel fin que es común: “Todo el mundo sabe (porque se lo han hecho creer) que si no se preocupa de sí se moriría de hambre, aunque el Estado (y vaya contradicción vigente en la actualidad) sea floreciente. Esto le lleva a pensar y obrar de forma que se interese por sus cosas y descuide las cosas del Estado, es decir, de los otros ciudadanos”.
La distopía económica y social termina favoreciendo a unos pocos. Señala Moro: “Cuando contemplo el espectáculo de tantas repúblicas florecientes hoy en día, las veo, que Dios me perdone, como una gran cuadrilla de gentes ricas y aprovechadas que, a la sombra y en nombre de la república, trafican en su propio provecho. Su objetivo es inventar todos los procedimientos imaginables para seguir en posesión de lo que por malas artes consiguieron”. La organización social no parece ser sino una conciliación ficticia. Con el nombre de república se encubre con eufemística apariencia la dominación de unos pocos.
Conocedor de la situación europea de la época, critica con agudeza la injusticia de los modelos francés e inglés. Para el primero critica la preocupación por la guerra y no por los asuntos del Estado, que más adelante se conocerán como los asuntos sociales, además de un excesivo número de nobles, a quienes califica como “zánganos ociosos que se alimentan del sudor y del trabajo de los demás” y de monjes mendicantes, “segundo tipo de parásitos”.
Respecto de la situación inglesa, se refiere a las cuestiones monetarias y analiza lúcidamente la concentración de la propiedad territorial y sus consecuencias, los enclosures (cierre de fincas), privan de tierra y de trabajo a “esa masa de hombres a quienes la miseria ha hecho ladrones, vagabundos o criados”.
Para Moro, el Estado es expresión de los intereses de la clase dominante. Para él, una sociedad justa supone un fundamento totalmente diferente: “allí donde la propiedad sea un derecho individual, allí donde todas las cosas se midan por el dinero, no se podrá nunca organizar la justicia y la prosperidad sociales.
Producto del análisis que realiza Moro de la sociedad del siglo XVI muchos autores coinciden en considerarlo un precursor del comunismo, aunque sus ideas parecen estar plenamente vigentes en nuestro siglo XXI por lo que se transforma en un ejercicio necesario rescatar desde las fangosas y pestilentes profundidades del olvido la obra de Tomás Moro.